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Recuerdos de mi primera vez PDF Imprimir E-Mail
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Primera vez - Primera vez
jueves, 18 de septiembre de 2008
 

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Recuerdos de mi primera vez
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Esto que voy a relatarles es tan verídico que aún hoy a mis cuarenta años -dos divorcios, dos hijos- vuelven aquellos recuerdos de mi primera vez…
con mamá, tan intensos y vívidos que aún me erizan la piel. Creo que nunca fui tan feliz como en aquel entonces…Podrán creer o no este sincero relato, mucho no importa. Mamá y yo sabemos que pasó realmente y eso me basta. Omitiré nuestros nombres o iniciales por simple pudor, no me gustaría que algo tan tabú y reprobado por una sociedad pacata, ocurrido hace ya tanto tiempo, lastime a alguien sin querer.

Mi familia, clase media, estaba conformada por mis padres, ella de 46 años y él de 58. Mi hermano mayor, de 26 años y yo el menor, con 18 años recién cumplidos. Vivíamos en una casa tipo chorizo de un barrio de la Capital Federal, ese tipo de construcciones muy de una época en la que la mayoría de las habitaciones daban a un enorme patio. Algunas de esas habitaciones tenían circulación interna, es decir que se comunicaban entre ellas sin tener que salir afuera. Mi pieza -que fue lugar de planchado y despensa- estaba al fondo de la casa pegada a la de mi hermano, quien en los últimos tiempos no la utilizaba ya que se había ido a vivir con su novia de aquel entonces.

Compartía una habitación con mi abuela, que se encontraba contigua al dormitorio de mis padres, por un lado y al baño, por el otro. Cuando ella falleció, fue el momento propicio -pensaron mis padres- para que me mudase solito ya que no era bueno que un joven en pleno desarrollo hormonal durmiese tan cerca del dormitorio de ellos. De todas formas siempre me la rebusqué para masturbarme en mi cama apenas mi abuela comenzaba a roncar, otras veces me encerraba en el baño para hacer mi faena. Me masturbaba, casi a diario, pensando en alguna de los Ángeles de Charlie, en la Mujer Biónica y muchas veces en Emma Peel de los Vengadores… Cada miércoles o sábado cuando oía el traqueteó de la cama conyugal de mis padres, algún tibio gemido, algún gritito asordinado, me masturbaba imaginando que aquellos sonidos provenían de Farrah Fawcett o Jacklin Smith gozando como marranas mientras me las cogía.

Mi familia era bastante común pero algo estructurada. Eso influyó en mí, ya que a los 18 años seguía siendo bastante tímido con las chicas de mi edad por lo que aún no había debutado. Aunque no era un galán de cine, tenía mi pinta. Delgado, ojos verde claros y cabello castaño crespo. Obviamente que había ya salido con varias chicas pero, tal vez por la educación recibida o por timidez, no había pasado más que un intercambio de besos de lengua, y algún que otro manoseo mutuo y acabadas por debajo de sus bombachas y de mis calzoncillos. Lo veía como algo normal, parte del crecimiento… ya vendría el tiempo de mi debut sexual, me decía.

Un día de fin de verano de los 80, mamá faltó al trabajo no recuerdo porque razón. Yo me encontraba por salir a comprar unos libros cuando descubrí que el pantalón que me había puesto tenía descosido el cierre. Era el único que encontré en el placard. Corrí así, con la bragueta a medio cerrar, hasta el lavadero que daba frente a la puerta de la pieza de mi hermano y revolví el cesto de la ropa sucia. No había otro pantalón limpio y los que si lo estaban, giraban -vuelta para acá y vuelta para allá- en el lavarropas.

- ¡Má, se me descosió el cierre del pantalón! - le grité desde ahí.

Al rato contestó, desde su dormitorio, donde veía una telenovela, que me pusiera otro. Le dije que no había ninguno limpio. Me respondió que se lo llevase que me lo arreglaría. Me arrimé hasta su dormitorio. Mamá estaba sentada al borde de la cama con el costurero listo para la labor. Había enhebrado la aguja sin perderse la novela de la tarde. Al verme se sorprendió.

- No pensé que lo tenías puesto…

- ¿Me quedo en slip?

- Nooo, ya está. Te lo coso puesto, no te hagas problemas - contestó y volvió su mirada al galán de la TV que entraba en el dormitorio de la prometida del hermano.

Me puso de pie frente a ella que seguía sentada al borde de la cama con su mirada puesta, de perfil, en la TV. Mi bragueta quedó a la altura de su rostro, a veinte, treinta centímetros. Ella no lo percibió o no le dio importancia. Al principio yo tampoco, pero cuando con su mano izquierda tomó la bragueta descocida del pantalón que llevaba puesto, una extraña sensación, como una electricidad, recorrió mi cuerpo. Sus dedos, con sus uñas de rojo bermellón, habían rozado sin querer mi bulto aún adormecido. Ella no pareció darse cuenta. Seguía la escena en la TV entre el galán y la prometida de su hermano en la ficción.


   
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